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Publicado el 10/12/2004
LA GUERRA DE CIVILIZACIONES
THIERRY
MEYSSAN*
La
teoría del complot islámico y del choque de civilizaciones
se ha ido elaborando progresivamente, desde 1990, para proporcionar
una ideología de repuesto al complejo militar e industrial
estadounidense después del derrumbe de la URSS. El orientalista
británico Bernard Lewis, el estratega estadounidense Samuel
Huntington y el consultor francés Laurent Murawiec fueron
los principales creadores de esta teoría que permite justificar,
de forma no siempre racional, la cruzada estadounidense por el
petróleo.
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París
(Francia)
7
de diciembre de 2004
Los
atentados del 11 de septiembre de 2001, que la administración
Bush imputó a un 'complot islamista', fueron interpretados
en Estados Unidos y Europa como la primera manifestación
de un 'choque de civilizaciones'.
El
mundo arabo-musulmán habría entrado así en
guerra con el mundo judeocristiano. Dicho enfrentamiento no podría
encontrar más solución que la victoria de uno en
detrimento del otro: triunfo del Islam con la imposición
de un Califato mundial (o sea, de un Imperio islámico)
o victoria de los 'valores de Norteamérica' compartidos
con un Islam modernizado en un mundo globalizado.
Una
doctrina apocalíptica
La
teoría de un complot islámico y de un choque de
civilizaciones propone una explicación holista del mundo
y establece un ordenamiento mundial partir de la desaparición
de la URSS. No existe ya el enfrentamiento este-oeste entre dos
superpotencias con ideologías antagónicas sino una
guerra entre dos civilizaciones, o más bien entre la civilización
moderna y una forma arcaica de barbarie.
Al
plantear que el Islam está en guerra contra los valores
de Norteamérica, esta teoría da por sentado que
el Islam no se puede modernizar. Esta cultura no podría
ser disociada de la sociedad árabe del siglo VII cuyas
estructuras estaría perpetuando, particularmente el estado
de inferioridad de la mujer, y no concebiría su expansión
más que mediante la violencia al estilo de las guerras
del Profeta.
Esta
teoría supone también que 'Norteamérica'
es portadora de la libertad, la democracia y la prosperidad, que
encarna la modernidad y representa el más alto grado del
progreso, el fin de la Historia.
El
11 de septiembre de 2001 es entonces la primera batalla de esta
guerra de civilizaciones, como Pearl Harbor es -para Estados Unidos-
la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial. O sea, esta guerra
no se parece a las anteriores.
Durante
las dos primeras guerras mundiales, coaliciones militares se enfrentaban
en un combate de titanes. Durante la guerra fría, los combates
militares se limitan a zonas periféricas o a conflictos
de baja intensidad (guerrillas) mientras que el enfrentamiento
central opone ideológicamente a dos superpotencias. Durante
la Cuarta Guerra Mundial que acaba de comenzar, las batalles militares
clásicas desaparecen para dar paso a guerras asimétricas:
una potencia única, líder de todos los Estados,
combate contra un terrorismo no estatal omnipresente.
No
se trata, sin embargo, de una guerra entre
el despotismo de Estados y grupos de resistencia sino más
bien, al contrario, de una insurrección de las democracias
contra la tiranía islamista que oprime al mundo
arabo musulmán y trata de imponer el Califato mundial.
Esta
lucha entre el Bien y el Mal tiene su punto de cristalización
en Jerusalén. Es allí donde, después del
Armagedón, debe tener lugar el regreso de Cristo que marcará
el triunfo del 'destino manifiesto' de Estados Unidos, 'única
nación libre de la tierra', encargada por la Divina Providencia
de llevar 'la luz del progreso al resto del mundo'. A partir de
ahí, el apoyo incondicional a Israel ante el terrorismo
islamista es un deber patriótico y religioso para todo
ciudadano estadounidense, aun cuando los judíos solamente
puedan esperar la salvación a través de la conversión
al cristianismo.
Un
complejo
Esta
exposición de la teoría de la conspiración
islamista y del choque de civilizaciones no es en lo absoluto
exagerada. Es, en cambio, perfectamente fiel a lo que divulgan
los medios de comunicación y los partidos políticos
en Estados Unidos. Uno puede, por supuesto, interrogarse a la
vez en cuanto a los prejuicios que le sirven de base, su coherencia
interna y su naturaleza irracional.
Los
conceptos de mundo arabo-musulmán y de mundo judeocristiano
son en sí mismos discutibles. Originalmente, el término
'judeocristiano' no se refiere al conjunto de judíos y
cristianos sino, al contrario, al grupúsculo de los primeros
cristianos cuando eran todavía judíos, antes del
momento en que la Iglesia se separa de la Sinagoga. Pero, al final
de los años 60, o sea después del acercamiento israelo-estadounidense
y la Guerra de los Seis Días, este término adquiere
un sentido político. Designa entonces al bloque atlantista,
calificado como Occidente, ante el bloque soviético, llamado
Este.
Se
observa aquí un reciclaje de conceptos. Occidente sigue
siendo hoy más o menos lo mismo que antes mientras que
el adversario no es ya el Este sino el Oriente. Estos conceptos
no tienen nada que ver con la geografía o la cultura sino,
únicamente, con la propaganda.
Así,
Australia y Japón son políticamente occidentales,
al igual que dos Estados europeos cuya población es musulmana:
Turquía y Bosnia Herzegovina. Allí aparece además
un importante problema: en muchos Estados, y principalmente alrededor
del Mediterráneo, se hace imposible distinguir actualmente
la civilización judeocristiana de la civilización
arabo-musulmana.
La
guerra de civilizaciones supone, por tanto, que se susciten guerras
civiles para separar las poblaciones. Desde este punto de vista,
una experiencia exitosa tuvo lugar en Yugoslavia. La lucha por
el proyecto de separación y la realización del mismo
implica la liquidación del idealismo laico. Se hace entonces
inevitable, a largo plazo, que la resistencia estructural más
importante dentro del bando 'occidental' sea la República
Francesa [1].
Por
otro lado, el prejuicio según el cual el Islam es incompatible
con la modernidad y la democracia supone una gran ignorancia.
La expresión 'mundo arabo-musulmán' subraya que
el Islam es actualmente mucho más amplio que el mundo árabe
aunque la representación que nos hacemos del mismo no puede
ser más estrecha. Son pocos los estadounidenses que saben
que Indonesia es el primer Estado musulmán del mundo.
¿Puede
decirse razonablemente que Abú Dhabi y Dubai son menos
modernos que Kansas? ¿Se puede afirmar sinceramente que Bahrein
es menos democrático que la Florida? Uno de los mecanismos
de este discurso consiste en asociar el Islam a la Arabia del
siglo VIII. Pero, ¿se nos ocurre acaso asimilar el cristianismo
a la Antigüedad del Oriente Medio?
Correlativamente,
esta teoría se basa en la creencia en los 'valores de Norteamérica'.
Y se trata precisamente de una simple creencia porque ¿cómo
es posible tener en tan alta estima un país cuya constitución
no reconoce la soberanía popular, cuyo gobernante no es
elegido sino nombrado, donde la corrupción de los parlamentarios
no está prohibida sino reglamentada, donde pueden mantenerse
incomunicadas las personas que deben ser sometidas a juicio, que
mantiene un campo de concentración en Guantánamo,
que practica la pena de muerte y la tortura, donde los propietarios
de los grandes periódicos reciben semanalmente sus órdenes
de la Casa Blanca, que bombardea poblaciones civiles en Afganistán,
que secuestra a un presidente elegido democráticamente
en Haití, que financia mercenarios para derrocar regímenes
democráticos en Venezuela y Cuba, etc?
En
fin, esta teoría está indisolublemente ligada a
un pensamiento religioso de carácter apocalíptico.
La revolución norteamericana es un movimiento complejo
en el que se entremezclaron ideologías diferentes. Pero
es, en definitiva, un proyecto religioso lo que sirvió
de base a la fundación de Estados Unidos y ese proyecto
religioso es lo que la actual administración dice defender.
El
juramento de fidelidad, en vigor desde la Guerra Fría y
actualmente impugnado ante la Corte Suprema, implica que para
ser ciudadano de Estados Unidos hay que creer en Dios. George
W. Bush llegó a la Casa Blanca presentando su fe cristiana
como programa político y ha profesado creencias fundamentalistas
según las cuales la humanidad fue creada hace solamente
unos cuantos miles de años y sin evolución de las
especies. Instaló, en la Casa Blanca, un Buró de
iniciativas fundadas en la fe.
El
secretario de Justicia John Ashcroft ha hecho suya la divisa
'No tenemos más rey que Jesús'. El secretario de
Salud cortó programas profilácticos en nombre de
sus convicciones religiosas. El secretario de Defensa incluyó
en las fuerzas de la Coalición enviadas a Irak misioneros
de la Iglesia del pastor Graham cuya misión consiste en
convertir iraquíes.
Se
podrían citar más ejemplos como esos, que nos llevan
a preguntarnos razonablemente si Estados Unidos son en verdad
un país moderno, abierto y tolerante o si no son más
bien la encarnación del sectarismo y el arcaísmo.
Origen
del concepto
La
expresión 'choque de civilizaciones' apareció por
primera vez en 1990 en un artículo del orientalista Bernard
Lewis, amablemente intitulado Las raíces de la rabia
musulmana [2]. Aparece allí el razonamiento según
el cual el Islam no da nada bueno y la amargura que eso provoca
en los musulmanes se transforma en furor contra Occidente. Sin
embargo, la victoria está asegurada, al igual que la libanización
del Medio Oriente y el fortalecimiento de Israel.
Bernard
Lewis, quien tiene hoy 88 años, nació en el Reino
Unido y se formó como jurista e islamólogo. Durante
la Segunda Guerra Mundial sirvió en los órganos
de inteligencia militar y en el Buró árabe del ministerio
británico de Relaciones Exteriores. En los años
60, se convirtió en un experto muy escuchado por el Royal
Institute of International Affairs donde se erigió en gran
especialista de la injerencia humanitaria británica en
el Imperio otomano y uno de los últimos defensores del
British Empire.
Bajo
los auspicios de la CIA, participó en el Congreso por la
libertad de la cultura que le encargó un libro, El Medio
Oriente y Occidente [3]. En 1974, emigró a Estados
Unidos. Se hizo profesor en Princeton y adoptó la ciudadanía
estadounidense. Se convirtió pronto en colaborador de Zbigniew
Brzezinski, el consejero de seguridad nacional del presidente
Carter. Juntos concibieron la base teórica del concepto
de 'arco de inestabilidad' y planearon la desestabilización
del gobierno comunista en Afganistán.
En
Francia, Bernard Lewis fue miembro de la muy atlantista Fondation
Saint-Simon, para la cual concibió, en 1993, un folleto
titulado Islam y democracia cuya aparición dio lugar
a que fuera entrevistado por diario francés Le Monde.
En esa entrevista, se las arregló para negar el genocidio
cometido contra los armenios, lo cual le costó una condena
judicial [4].
Sin
embargo, la noción del choque de civilizaciones evolucionó
rápidamente. Pasó de un discurso neocolonial sobre
la supremacía del hombre blanco a la descripción
de un enfrentamiento mundial cuyo resultado es incierto. Esta
nueva acepción se debe al profesor Samuel Huntington
quien no es, por cierto, islamólogo sino estratega. Huntington
desarrolla esta teoría en dos artículos -¿El
choque de civilizaciones? y Occidente es único,
no universal- y un libro cuyo título original es
Choque de civilizaciones y remodelamiento del orden mundial [5].
No
se trata ya solamente de luchar contra los musulmanes sino de
priorizar esa lucha antes de pasar a combatir contra el mundo
chino. Como en el mito de la fundación de Roma, Estados
Unidos tiene que eliminar a sus adversarios uno a uno para alcanzar
la victoria final.
Samuel Huntington es uno de los intelectuales más importantes
de nuestra época, no porque sus obras sean rigurosas y
brillantes sino porque constituyen el basamento ideológico
del fascismo contemporáneo.
En
su primer libro, El soldado y el Estado, publicado en 1957,
trata de demostrar que existe una casta militar ideológicamente
unida mientras que los civiles se mantienen políticamente
divididos [6]. Desarrolla así una concepción
de la sociedad en la que se eliminarían las regulaciones
del comercio y el poder político estaría en manos
de los patrones de las multinacionales bajo la tutela de una guardia
pretoriana.
En
1968, publica El orden político en las sociedades en
proceso de cambio, una tesis donde afirma que los regímenes
autoritarios son los únicos capaces de modernizar a los
países del Tercer Mundo [7]. Secretamente, participa
en la constitución de un grupo de reflexión que
presenta un informe al candidato a la presidencia, Richard Nixon,
sobre la forma de reforzar las acciones secretas de la CIA [8].
En
1969-70, Henry Kissinger, quien aprecia su gusto por las
acciones secretas, hace que lo nombren miembro de la Comisión
presidencial para el Desarrollo Internacional [9]. Huntington
preconiza un juego dialéctico entre el Departamento de
Estado y las multinacionales: el primero tendrá que ejercer
presión sobre los países en vías de desarrollo
para que adopten legislaciones liberales y renuncien a las nacionalizaciones
mientras que las multinacionales deben transmitir al Departamento
de Estado sus conocimientos sobre los países en los que
han logrado establecerse [10].
Se
une entonces al Wilson Center y crea la revista Foreign Policy,
En 1974, Henry Kissinger lo hace miembro de la Comisión
de Relaciones EE.UU.-América Latina. Huntington participa
activamente en la entronización de los regímenes
de los generales Augusto Pinochet, en Chile, y Jorge
Rafael Videla, en Argentina. Allí ensaya por vez primera
su modelo social y prueba que una economía sin regulaciones
es compatible con una dictadura militar.
Paralelamente,
su amigo Zbigniew Brzezinski lo introduce en un círculo
privado: la Comisión Trilateral. En ella redacta un informe
intitulado La crisis de la democracia [11] en el que
se pronuncia por una sociedad más elitista que restringirá
el acceso a las universidades y la libertad de prensa.
Cuando
Jimmy Carter se deshace de los miembros de las administraciones
Nixon y Ford, Brzezinski, transformado en consejero para la Seguridad
Nacional, le tiende la mano a su amigo Huntington quien logra
así permanecer en la Casa Blanca y se convierte en coordinador
de planificación del Consejo de Seguridad Nacional.
Es
durante este período que Huntington comienza a colaborar
estrechamente con Bernard Lewis y concibe la necesidad de dominar
primeramente las zonas petrolíferas del arco de inestabilidad
antes de poder atacar la China comunista. Aunque esto no se llama
todavía 'choque de civilizaciones', ya se parece bastante.
Pero
el profesor Samuel Huntington se ve obligado a afrontar un incómodo
escándalo. Se revela que la CIA le paga por publicar en
revistas universitarias artículos que justifican las acciones
secretas como medio de mantener el orden en los países
donde algún dictador amigo muere repentinamente. Cuando
el episodio cae en el olvido, Frank Carlucci lo nombra
miembro de la Comisión Conjunta del Consejo de Seguridad
Nacional y el Departamento de Defensa para la estrategia integrada
a largo plazo [12].
Su
informe servirá para justificar el programa de 'guerra
de las galaxias'. El profesor Huntington es hoy administrador
de la Casa de la Libertad (Freedom House), asociación anticomunista
que preside el ex-director de la CIA, James Woolsey.
Jerusalén
y la Meca
La
teoría de la guerra de civilizaciones se cristaliza en
las cuestiones religiosas. El control judeocristiano sobre Jerusalén
es un talismán necesario para la victoria global. Si Occidente
perdiera la ciudad santa, perdería su fuerza para cumplir
su destino manifiesto, su misión divina. Recíprocamente,
si los musulmanes perdieran el control de la Meca, su religión
se desmoronaría. Claro, nada de esto es muy racional, pero
esas supersticiones están siempre presentes en la prensa
popular estadounidense y forman parte de un discurso político
estructurado.
El
10 de julio de 2002, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz
convocaron a la reunión trimestral del Comité Consultivo
de la Política de Defensa [13]. Solamente asiste una
docena de miembros. Se escucha allí la exposición
de un experto francés de la Rand Corporation, Laurent
Murawic, titulada Echar de Arabia a los Saud. La conferencia
se desarrolla en tres partes con la proyección de 24 diapositivas.
Al principio, Murawiec retoma las teorías de Bernard Lewis:
el mundo árabe está en crisis desde hace dos siglos.
Ha sido incapaz de llevar a cabo tanto su revolución industrial
como su revolución numérica.
Este
fracaso suscita una frustración que se transforma en rabia
antioccidental, sobre todo porque los árabes no saben debatir
debido a que en su cultura la única forma de política
es la violencia. Desde ese punto de vista, los atentados del 11
de septiembre no son más que la expresión sintomática
de su gran descontento.
En
la segunda parte, Murawiec describe a la familia real saudita
como incapaz de controlar los acontecimientos. Los Saud han desarrollado
el wahabismo en el mundo, para luchar tanto contra el comunismo
como contra la revolución iraní, pero hoy no controlan
ya lo que han creado.
Finalmente,
el conferencista propone una estrategia: los Saud tienen a la
vez el petróleo (al fin llegamos al fondo del asunto),
los petrodólares y la custodia de los lugares sagrados.
Son el pilar central y único alrededor del cual se organiza
el mundo arabo-musulmán. Deshaciéndose de ellos,
Estados Unidos puede hacerse del petróleo que necesita
para su economía, del dinero proveniente del petróleo
que cometió el error de pagar en el pasado, y sobre todo
de los lugares sagrados, y por consiguiente del control de la
religión musulmana. Y cuando el Islam se haya desmoronado,
Israel podrá anexarse Egipto.
Laurent
Murawiec fue consultante del ministro francés de Defensa
Jean-Pierre Chevènement e impartió cursos en
la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (EHESS, siglas
en francés) [14]. Consejero de Lyndon LaRouche
durante varios años, lo abandona de pronto y se une a los
neoconservadores. Hoy es experto en el Hudson Institute de Richard
Perle y colabora en el Middle East Forum de Daniel Pipes.
Esta
reunión hizo mucho ruido. El embajador de Arabia Saudita
exigió explicaciones y se le pidió al señor
Perle, organizador del encuentro, que fuera más discreto
durante algún tiempo. A Murawiec se le invitó a
dejar la Rand Corporation. En todo caso, la reunión había
sido convocada por Rumsfeld y Wolfowitz con todo conocimiento
de causa. Solamente se trataba de un ensayo para saber hasta donde
puede llegar el Pentágono.
Thierry Meyssan
Periodista y
escritor, presidente de la Red Voltaire y de la sección
francesa Réseau Voltaire con sede en París, Francia.
Es el autor de La gran impostura y del Pentagate.
http://www.redvoltaire.net/article3077.html
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