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         65 GUERRA CONTRA EL TERRORISMO


Tan vulnerables como en Madrid pero con otra cultura cívica y política

EDITORIAL
EL MUNDO 08-07-2005

Londres se acostó anteayer con la euforia de la adjudicación de los Juegos Olímpicos de 2012 y se levantó ayer con una serie de terribles atentados que provocaron, según un balance todavía provisional, al menos 38 muertos y 700 heridos con lesiones de distinta importancia, 44 de ellos en estado muy grave.
Las sucesivas explosiones no sólo sumieron a la gran urbe británica en el terror sino que además lograron paralizar su sistema de transportes, dejando atrapados a millones de ciudadanos. La Policía londinense impidió a los medios el acceso a los lugares de los atentados y administró con cuentagotas la información, hasta el punto de que, siete horas después de la masacre, las cifras oficiales sólo recogían la existencia de dos víctimas mortales.

Las autoridades londinenses fueron también extremadamente cautas a la hora de atribuir la autoría de la masacre, pero todo apunta al terrorismo islamista conectado a Al Qaeda. Así lo reconoció Tony Blair, que admitió que ésta es la hipótesis que cuenta con más verosimilitud.

Similitudes con Madrid

El primer ministro británico vinculó expresamente los atentados con la reunión del G-8 en Escocia, mientras Bush señalaba la paradoja de que las bombas hubieran saboteado un encuentro entre los principales líderes mundiales dedicado a resolver -por una vez- el problema del hambre. En cualquier caso, la forma de operar de los terroristas pone de relieve que los atentados no fueron improvisados y que en su ejecución participó un grupo relativamente numeroso, al igual que en Madrid.

Lo primero que llama la atención es precisamente la similitud formal de las acciones terroristas de Londres con las de la ciudad española: su escalonamiento en un corto plazo de tiempo para sembrar el terror, la colocación de las bombas en medios de transporte, la decisión de hacerlas estallar en una hora en la que circulaba numeroso público y, sobre todo, el objetivo de causar el mayor daño indiscriminado posible sin previo aviso.

Tal y como sucedió en el 11-M, un grupo integrista musulmán reivindicó estas acciones en nombre de Al Qaeda a través de una página de Internet, vinculando la matanza a la intervención británica en Irak y amenazando a los aliados de EEUU.

Y también, al igual que en la capital española, la magnitud de la masacre centró la atención de los medios de comunicación de todo el mundo y forzó a los Gobiernos a adoptar medidas extraordinarias de protección.

Todas ellas son similitudes que no se pueden ignorar, pero hay una diferencia esencial e importantísima: aunque ayer, como en el 11-M, también era jueves, en Gran Bretaña no se celebran elecciones el próximo domingo. Si el propósito inmediato de quienes colocaron las bombas en Atocha era influir en el desenlace electoral, no se puede decir lo mismo de los terroristas londinenses, que probablemente buscaban un efecto político y propagandístico a escala mundial.

Blair gestionó ayer mejor la crisis de lo que lo hizo Aznar y no cayó en el error de aventurar hipótesis sin información contrastada, aunque es cierto que no tenía la presión que tuvo que sufrir el Gobierno español en aquellos días ni los antecedentes de otros atentados fallidos de ETA.

Es aventurado predecir cómo reaccionará la sociedad británica en las próximas semanas, pero todo indica que no se va a producir el encarnizado debate que tuvo lugar en España, entre otras razones, porque las circunstancias -y la cultura política- son muy distintas.

No hay duda de que la presencia militar en Irak había colocado a Londres en el punto de mira del terrorismo islamista, pero la decisión de mandar tropas a ese país fue aprobada por el Parlamento con el respaldo de los dos grandes partidos por una amplísima mayoría. No es probable que se produzcan manifestaciones contra Blair ni que nadie le acuse de mentir a la opinión pública en caso de que hubiera cometido algún error.

Londres era, desde entonces, el gran objetivo europeo de Al Qaeda.Las autoridades británicas habían reconocido públicamente en numerosas ocasiones la altísima posibilidad de un macroatentado en Londres e incluso un dirigente político se había atrevido a afirmar que la cuestión era acertar en la fecha. En consecuencia, el Gobierno de Blair había reforzado los medios policiales y las unidades de lucha antiterrorista.

Pero nada de ello ha servido para evitar la masacre en una ciudad con el doble de habitantes que Madrid, en la que residen además cientos de miles de musulmanes, parte de los cuales sigue sin integrarse en los usos británicos y, por tanto, es susceptible de ser captada por una organización terrorista islamista.

Vulnerabilidad del sistema

La lección que se puede extraer de lo sucedido ayer es que resulta muy difícil por no decir imposible evitar atentados terroristas de esta naturaleza en las grandes ciudades europeas y norteamericanas, donde existe un gran libertad de movimientos y una enorme pluralidad de comportamientos.

La Policía británica había extremado las precauciones para controlar la entrada y la circulación de explosivos en el país, pero, a pesar de ello, es evidente que los terroristas lograron burlar esos obstáculos.

La única manera de impedir que estos fanáticos pudieran actuar sería implantar exhaustivos controles en los lugares públicos, limitar el derecho al libre desplazamiento, fichar a todos los extranjeros y, en suma, instaurar un Estado policial. Pero ello sería claudicar ante el chantaje de los terroristas y renunciar a nuestro sistema de libertades.

Por tanto, la vía para combatir este fenómeno es intensificar la cooperación internacional y los medios policiales y de inteligencia, especializados en el terrorismo islamista. En este sentido, es digna de elogio la rapidez con que ayer reaccionó Zapatero, ofreciendo la máxima cooperación operativa. Por desgracia, Londres ha servido para constatar de forma trágica que lo hecho hasta hoy es insuficiente.